Calderilla
La Comisión Europea está estudiando la posibilidad de retirar de la circulación las monedas de 1 y 2 céntimos de euro, con la excusa de que el metal con el que se acuñan supera el valor real de dichas monedas. Un desfase que, según los expertos, ha provocado en la eurozona unas pérdidas acumuladas de 1.400 millones de euros desde 2002.
Es cierto que el reducido tamaño de dichas monedas, así como su escaso valor las han hecho muy impopulares desde su creación, pero no hace falta ser un economista para comprender que su desaparición provocaría un aumento de la inflación, como consecuencia del inevitable redondeo, que tendría unos efectos demoledores para las modestas economías familiares.
Ante el anuncio de su previsible retirada de la circulación, son muchas las voces que han mostrado su complacencia con dicha medida, con argumentos tan frívolos y peregrinos como su reducido tamaño, la incomodidad que supone su manejo, su escaso valor o simplemente que son pura calderilla.
¿No habíamos quedado en que ahora somos pobres? ¿No es cierto que en este país hay gente que está pasando hambre y que los comedores sociales son mudos testigos de esa realidad? ¿No es verdad que nos muchos los niños que tienen que conformarse con hacer una sola comida al día?
Seguramente habrá en España muchas personas a quienes no les importaría amontonar cien monedas de un céntimo, o cincuenta de dos céntimos y, con el euro resultante, comprar una barra de pan para llevarse a la boca y saciar su hambre. Posiblemente a millones de personas en este país no les importaría contar y gastar esas monedas que para ellos serían una posibilidad de comer todos los días y que para otros parecen suponer una incomodidad y un estorbo en sus bolsillos.
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