Arde Egipto
El actual escenario de Egipto era previsible tras los últimos acontecimientos sucedidos allí: se ha implantado a la fuerza un régimen militar que impone el orden con mano de hierro sobre la abundante sangre derramada de los partidarios de la democracia y del gobierno legítimo derribado.
Dejando al margen el drama humano y la incertidumbre en la que queda un país tremendamente volátil, situado en la región más explosiva del planeta, la gran pregunta que debe plantearse el mundo occidental es qué salida democrática tiene el islamismo si Occidente avala y ampara los golpes de estado cada vez que un partido islamista gana unas elecciones tras obtener el apoyo mayoritario de los ciudadanos.
Ahora ha sido Egipto, pero hace unos años ocurrió lo mismo en Argelia. Por eso millones de musulmanes en todo el mundo se plantean sus dudas sobre las posibilidades de encaje que tienen las políticas islámicas en el sistema democrático, tal y cómo éste se entiende en Occidente.
Avalar los golpes de estado contra los regímenes democráticos es peligroso. Aunque eso mismo lo hacen aún hoy muchas personas en España cuando justifican a los generales que se alzaron en armas contra la Segunda República porque no estaban de acuerdo con las políticas que se impulsaban.
Que la democracia debería ser sagrada, es algo que ya deberíamos tener claro a estas alturas de la historia.
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