Racismo
Hace unos días los medios de comunicación nos informaban de que el vicepresidente del Senado italiano había comparado con un orangután a la ministra italiana de Integración, Céline Kyenge, por su origen congoleño. Pocos días después, ampliaban esa información con la noticia de que, mientras participaba en un acto público, la ministra había sido agredida por dos ultraderechistas que completaron la “ocurrencia” del senador con el lanzamiento de plátanos.
En un intento de quitar importancia al ataque racista del que había sido victima, la ministra Kyenge publicó de inmediato en su perfil de Twitter: “Con la gente que muere de hambre y la crisis, es triste desperdiciar comida así”. Una elegante y discreta respuesta que demuestra su superioridad moral frente a los individuos que continuamente la denigran por su condición de mujer y su origen africano.
El senador de la Liga Norte, que responde al nombre de Roberto Calderoli, seguramente se considerará a sí mismo un ejemplo vivo de la superioridad moral de Occidente y, quizá por eso, no se haya molestado siquiera en contemplar la posibilidad de presentar su dimisión, tal y como le han exigido la mayoría de grupos políticos italianos.
En cuanto al par de fascistas que arrojaron fruta a la ministra, son dos especímenes de los muchos que empiezan a aflorar en Europa como consecuencia del populismo generado por la crisis que nos azota y cuyas consecuencias todavía están por determinar.
Ahora que el modelo político triunfante se muestra más duro e insolidario que nunca, nuestra sociedad empieza a exhibir las costuras y las vergüenzas. El modelo de convivencia se ha hecho añicos y la intolerancia se ha instalado entre nosotros.
Ha sucedido en Italia, pero cualquier rincón de la vieja Europa es terreno abonado para la intransigencia.
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