Espionaje
Como si viviéramos todavía inmersos en los tiempos de la “Guerra Fría”, la prensa se hace eco estos días de noticias, según las cuales, el Gobierno británico autorizó el espionaje a los líderes internacionales que participaron en la cumbre del G20 que tuvo lugar en Londres en 2009. El método elegido fue la intervención de las llamadas telefónicas y de los correos electrónicos, el mismo utilizado, según confesión propia, por la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos y que, según comentan los responsables de esa agencia a modo de justificación, ha servido para abortar multitud de ataques terroristas en más de 20 países.
Que los estadounidenses (y los franceses, los británicos, los israelíes...) nos espían no es ninguna noticia, aunque no deja de sorprender el carácter masivo y generalizado con el que, últimamente, realizan su trabajo los servicios de espionaje.
En la medida que pueden, y aunque no lo reconozcan oficialmente, todos los Estados del mundo practican el espionaje, con independencia de su tamaño o de su importancia en el tablero geoestratégico mundial. La diferencia es que ahora pueden hacerlo mucho más, con más facilidad y menos costes, porque Microsoft, Facebook, Google, Twitter y casi todas las grandes compañías informáticas no vacilan a la hora de suministrar cuanta información sobre los ciudadanos les es demandada por los servicios de espionaje.
La utilización intensiva que todos hacemos de los nuevos sistemas de comunicación, la información que proporcionamos por teléfono, por las redes sociales, por correo electrónico, las operaciones por medio de Internet... han facilitado extraordinariamente el trabajo de los modernos espías, esos hombres y mujeres a los que, ingenuamente, todavía nos imaginamos escondiéndose detrás de un periódico o fotografiando archivos secretos.
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