Arde Brasil
Las protestas ciudadanas que se están produciendo estos días en Brasil han supuesto una sorpresa generalizada, sobre todo para quienes contemplamos los hechos desde la distancia.
En los últimos años se había instalado entre nosotros la imagen de Brasil como uno de los motores económicos de Sudamérica, con una sociedad emergente, con grandes expectativas y donde se estaban realizando grandes avances para mitigar la desigualdad y sustraer de la pobreza a millones de brasileños.
Teníamos la imagen de que la sociedad brasileña vivía con esperanza la organización de grandes eventos internacionales que ofrecieran al mundo la imagen de un país que caminaba hacia la modernidad, pero ahora nos enteramos que la mayoría de los brasileños cuestionan por inútiles las costosas inversiones que se vienen realizando para la celebración de la Copa de las Confederaciones, la Jornada Mundial de la Juventud, el Mundial de Fútbol de 2014 o los Juegos Olímpicos de 2016.
Pero, de pronto, algo aparentemente tan intrascendente como la subida de los precios del transporte público enciende la mecha de la protesta y la ciudadanía brasileña se echa a la calle para mostrar su malestar, denunciar la corrupción y poner de manifiesto la incapacidad de los políticos para dar respuesta a las necesidades de la gente.
Los analistas políticos, los observadores más avezados, se muestran desconcertados ante la magnitud y la generalización de las protestas y ya empiezan a hacer como los economistas ante los signos de la crisis: modifican cada día sus previsiones, improvisan de una manera lamentable y buscan explicaciones a las cosas después de que ya han pasado.
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