Espionaje
Desde que, hace menos de un siglo y medio, Thomas Alva Edison inventó el fonógrafo, dejó de tener validez la sentencia que afirma que “las palabras se las lleva el viento”.
Hasta hace bien poco, el proceso de grabación, reproducción y divulgación de la voz requería un cierto nivel de profesionalización. Hoy día todo ha cambiado y cualquiera puede registrar, reproducir y difundir la voz (la propia o la ajena) con cierta facilidad, con bajo coste y con bastante disimulo.
Ya no es necesario ser un espía para hacer de detective, basta con disponer de un móvil, de unos pocos euros y de unos valores libertinos.
En este caso, los avances de la ciencia no han supuesto un salto en la escala del progreso, sino un instrumento que afecta negativamente a la realidad de nuestra vida cotidiana.
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