"La perra gorda" (de Manuel Ruiz Madueño)
El Jueves Santo, mi pueblo
con sus litúrgicas fiestas,
más que provincia de Córdoba
parece de Galilea.
Allí la Historia Sagrada
cobra su divina fuerza,
bajo un ambiente de incienso
y de túnicas de seda.
Por todas partes se ven
prosélitos de Judéa:
centuriones de Pilatos
con morrión y cimera
o célicos penitentes
con sus capas nazarenas...
Los simples espectadores
también, bajo la influencia
de las procesiones sacras
se olvidan de sus problemas,
para seguir a Jesús
como las bíblicas sectas.
Muchos hasta se cohíben
de colarse en las tabernas
por no sentirse paganos
ante el que va de promesa
cargado con una cruz
y arrastrando una cadena;
o porque no los critiquen
aunque de verdad lo sean.
Hasta yo que era muy malo,
rompía mi latiguera
y echaba a los gorriones
migas de pan en las piedras.
¡Qué grato recuerdo guardo
de una semana de aquellas
que no había que decir,
ni antes ni después de guerra!.
Cuando todavía tenía
una simpática abuela
que me guardaba piñones
y empanadillas de almendras.
Cuando creía "a pie juntillo"
que todos debían tenerla:
porque un niño necesita
quien le perdone a sabiendas
de que volverá a incurrir.
Cosa que sólo hacen ellas:
porque son el diplomático
con el maestro de escuela
o el abogado de oficio
cuando en casa daban "leña".
Un Jueves Santo de aquellos
con traje y con gorra nueva
y una gorda en los bolsillos
yo era el amo de la tierra.
Fue la moneda más grande
que a mí me diera mi abuela.
No creyéndola segura
dentro del bolsillo suelta,
la amarré con el pañuelo;
le di brillo con arena;
la cambié por dos perrillas
para que también se oyera
y hasta pasé por el banco
con aire de suficiencia.
Tirarla a las "cañaduces"
hubiera sido mi idea
pero con aquellos nervios
no le daba ni a la sierra.
¡Ya viene la procesión!
gritan desde la azotea,
y casi a renglón seguido
vibra el son de las trompetas.
En el balcón más lujoso
están Curro, Elías y Vega:
la flor y nata del cante.
Estilistas de Saetas.
Pasan los "soldaos romanos"
y la gente se impacienta.
¿Qué ocurre en las cuatro calles?
¡"Ná"!
Que hay un niño de Lucena
que canta como los ángeles
y de allí no hay quien lo mueva.
...¡fijarse! ya está llegando
Jesús con la Cruz a cuestas.
Alguién sisea en un balcón:
enmudecen las trompetas
y una plegaria encendida
que canta, que llora y reza
abre en los aires un eco
de litúrgica tragedia.
Lirio de Getsemaní:
hacia el Calvario te llevan
olvidándose que eres
el Rey del Cielo y la Tierra.
Estalla el pueblo en aplausos
y el Cristo pasa muy cerca
de donde yo estoy subido
que es la cuz de una reja
¡Dios mío, qué puedo yo hacer
para remediar tus penas!
-me pregunté conmovido-
al ver su frente sangrienta.
"Pa Jesús Nazareno"
grita con todas sus fuerzas
un penitente que coge
por el aire las monedas.
Entonces me figuré
que aquel penitente era
un ángel que reclutaba
a la guardia nazarena,
pagándole con limosnas
para que lo defendieran.
Y lleno de compasión
tuve la cristiana idea
de entregarle mi fortuna
aunque no comprara almendras,
ni avellanas, ni altramuces,
ni barquillos de canela.
Cojo la gorda en mis manos
la beso como si fuera
un relicario bendito;
algo que a un niño lo eleva.
A un niño que como yo
no tuvo una gorda entera
hasta aquel día sacrosanto
de pasión y de leyenda.
Y sin alterar mi pulso,
le eché a Dios en la bandeja
la primera perra gorda
que me regaló mi abuela.
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